Libro IX

Conocimiento

El gigantesco guardián se desploma con un estruendo. Has vencido. Ante ti está la Torre del Milenio... y el final de tu viaje. El Heraldo espera en el interior de sus muros derrumbados.

Las enormes puertas de madera de la torre se abren con un chirrido cuando te acercas. Respiras hondo, armándote de valor para lo que te espera más allá, y te adentras con cuidado en la torre.

Cuando ves el interior de la torre, te quedas sin aliento del asombro. Claramente, aquí ha tenido lugar una gran batalla. Hay fragmentos de columnas colosales, que supones que eran los soportes de la torre, esparcidas aleatoriamente por la sala central, pero la torre sigue en pie. Sientes cómo te invade una oleada de confusión cuando te das cuenta de que no eres capaz de discernir si el daño ocurrió hace milenios o segundos antes de que entrases.

Con cautela, asciendes por la escalera de caracol del centro de la estancia, tanteando cada escalón para comprobar que sostiene tu peso. Así es. El muro interior de la torre está decorado con una gran variedad de cuadros, murales y tallas imposibles de ubicar. En uno, un ser divino derriba a una gigantesca bestia resplandeciente que no se parece a nada que hayas oído, y mucho menos visto. En otro, una figura minúscula está ante cinco tronos enormes, ocupados por... Sí, comprendes que esos deben de ser los dioses.

Sigues subiendo hasta el segundo piso de la torre, donde la escalera termina en una antecámara decorada de manera opulenta. Miras hacia arriba y, durante un instante, te parece haber subido tanto como para haber llegado a las estrellas... Pero vuelves a mirar y te das cuenta de que el techo está lleno de miles de agujeros diminutos para dejar pasar la luz. Reluce por las caras de guerreros vestidos de oro, congelados en muros dorados. Sientes un destello de un recuerdo en tu mente y, de repente, las esculturas no te parecen estatuas en absoluto, sino viejos amigos. Te encuentras alzando la mano para tocar a una, para asegurarte de que no es real. Sus caras te resultan siniestramente familiares.

Te tragas tu ansiedad y te giras hacia la puerta que lleva a la cámara central. El Heraldo debe de estar acechando desde ahí. Revisas tus armas una última vez y te aventuras al interior.

La cámara central es más grande de lo que podrías haber imaginado. No puedes evitar alzar la mirada al entrar, pero el techo parece estar a kilómetros de distancia. Una oleada de vértigo te recorre el cuerpo cuando te das cuenta de que ya has visto este sitio antes y sentiste lo mismo. Miras a tu alrededor, viendo la cámara con ojos nuevos. Aquí es donde comenzó todo. Aquí es donde tu vida cambió para siempre.

Ante ti hay cuatro tronos: los tronos de los dioses. Están vacíos. ¿Dónde están? Buscas, con el corazón desbocado, y descubres un quinto trono, aún más grande, que se alza imponente detrás de los otros. En ese trono se sienta una figura alta y oscura, envuelta en sombras. Lo único que puedes ver de su rostro es un par de ojos brillantes y penetrantes. El Heraldo.

Con un asombro paralizador, solo puedes observar cómo el Heraldo se pone en pie y flota hacia ti.

"Vaya, vaya. Al fin, el personaje heroico regresa", manifiesta con indiferencia.

Reúnes todo el valor que puedes y gritas:

"¡He venido a luchar! ¡A hacerte pagar por lo que has hecho!"

El Heraldo deja escapar una risita.

"¿Eso crees?", pregunta.

"No. Estás aquí por una sola razón: porque yo te invoqué. Fuiste a mi santuario. Leíste mis instrucciones. Y, en cada momento, seguiste el camino que escogí para ti... hacia tu perdición".

El terror te inunda cuando te das cuenta de que no puedes utilizar la capacidad de hablar. Intentas retroceder, pero tus pies están fijados al suelo.

"¿Acaso llegas a comprender el alcance de mi poder?, prosigue el Heraldo. "Veo el pasado. Controlo el futuro".

En ese momento comprendes que el Heraldo está detrás de todo: la bruma oscura, el destino de Ahrenia, incluso los dioses... Todo estaba decidido desde el principio. ¿Acaso no hay salida posible?

El Heraldo comienza a cargar un rayo de magia sombría, girándolo hacia delante y hacia atrás en sus manos.

"¿De verdad creías que te iba a dar la oportunidad de derrotarme?"

Abres la boca para gritar, pero no emites ningún sonido. El rayo de magia de las manos del Heraldo ha crecido hasta convertirse en una bola de energía oscura crepitante y enorme. Saltan chispas cuando la echa hacia atrás y se prepara para atacar. Lo miras fijamente, defendiendo tu posición... No es que tengas alternativas.

En los confines de tu mente, más allá de la adrenalina que sientes rugir en tus oídos, percibes cómo el amuleto que cuelga de tu cuello se calienta, ardiendo desde dentro.

En ese momento, un rugido ensordecedor hace temblar los muros de la torre. ¡Malcs! El Heraldo alza la vista, perdiendo la concentración... y sientes cómo tus extremidades se descongelan. Aprovechas la oportunidad y saltas hacia atrás, justo cuando una columna de llamas se dirige al centro de la torre, directa al Heraldo. Grita de agonía, liberando la bola de energía oscura de las manos, que sale disparada hacia arriba, hacia las sombras, e impacta sobre Malcs con un alarido chisporroteante.

Malcs se precipita hacia el suelo con un estruendo que hace temblar toda la torre. Logras mantener el equilibrio, igual que el Heraldo, que ha vuelto a prestarte atención.

"¿Qué pasa?", le provocas. "¿Tienes miedo de una lucha justa?"

El Heraldo chasquea sus larguiruchos dedos, como una araña que se prepara para atacar.

"¡Basta de juegos", sisea. "¡Tu insignificante rebelión acaba aquí!"

Elevando las manos, arranca un trozo de piedra de la pared de la torre y la lanza a gran velocidad contra ti. Lo esquivas y te diriges hacia él blandiendo tu espada.

"¡Por Melvor!", gritas, cuando comienza la batalla...

Requisitos

  • Derrota a Guardián del Heraldo una vez