Después de deambular por la ladera de la montaña del amanecer al anochecer, por fin ves la entrada de una pequeña cueva metida en el acantilado, tal y como ponía en el diario. Tu corazón se desboca por la emoción mientras trepas por las rocas hacia la entrada.
Pasas y sacas una antorcha, que revela cristales relucientes incrustados en las paredes. Tus pasos resuenan mientras caminas por los pasillos húmedos de la cueva, hasta que llegas a una cámara grande. En el medio hay un pequeño cofre que ilumina con un brillo sobrenatural las estalactitas de alrededor. Con precaución, levantas la tapa y te cautiva la imagen del tesoro que contiene y que reluce con el tenue brillo del cofre. Los dedos te tiemblan cuando los estiras para tocarlo y te maravillas con su elegancia y peculiaridad.