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Conocimiento
El polvo se asienta. El campo de batalla es un desastre chamuscado con pequeños escombros a vuestro alrededor. Ahrenia te sigue de cerca, jadeando con intensidad. A la criatura que tenéis delante le falta un brazo, y la sangre brota de múltiples heridas que deberían haberla matado.
«¡Bane, esto acaba aquí!», gritas.
Bane se prepara y, a su vez, grita: «¡Heraldo! ¡Estoy... listo!»
Una torre en ruinas que te resulta familiar aparece a lo lejos. No sabes si ya estaba allí o si se acaba de materializar de la nada. Aparece un hombre que lleva tras de sí una bruma oscura que forma bucles.
Ahrenia consigue articular: «Ese... es el Heraldo».
La gran y oscura figura se os acerca, elevando la mano y diciendo, mientras comenzáis a cargar contra ella: «No os queda nada por hacer salvo aceptar vuestros destinos».
A medida que os acercáis, lanzáis estocadas al Heraldo, que son detenidas por una fuerza invisible que las paraliza en el sitio.
El Heraldo sonríe: «Tu prueba da comienzo ahora».
De pronto, aparece detrás de Ahrenia, aunque no se ha movido, y la golpea con facilidad hasta el otro lado del campo abierto. Derrapa hasta que su cuerpo golpea los restos de un árbol quemado. Preparas tu ballesta y la disparas apuntando al cuello del Heraldo, pero la flecha se detiene a escasos centímetros de su objetivo antes de caer al suelo. Él se ríe: «es inútil».
Avanzas frenéticamente, haciendo todo lo posible para que un solo golpe impacte, pero todos son desviados o detenidos con facilidad por una fuerza que no ves y que asumes que el Heraldo controla. Ahrenia se une a ti, luchando codo con codo, pero tiene la misma suerte.
Decidís asestar un golpe combinado usando la poca energía que os queda. Ahrenia apunta su espada al aire y la luz cae sobre ella mientras tú preparas la Canción del océano. Gritáis al unísono, dirigiendo todo hacia el Heraldo...
Y, entonces, él eleva una mano: «No es suficiente». Os alza por los aires, os lanza hacia un lado y golpeáis el suelo con fuerza.
El Heraldo se coloca junto a Bane y su estridente voz inunda la sala mientras os recuperáis: «Fuiste la mejor de mis muchas creaciones».
Bane, moribundo, parece brillar con el halago del Heraldo. Intenta levantarse, pero el Heraldo desestima sus esfuerzos.
«Bane, serás recordado por lo que aconteció aquí». El Heraldo se gira, sus ojos morados sin vida se te clavan en el alma. «Al contrario que tú. No puedes detener el destino».
Transcurren unos instantes hasta que dos palabras más salen de la boca del Heraldo: «Eternum... Noxia». Una ola de energía reverbera al momento por toda la zona. El propio mundo comienza a retorcerse y distorsionarse ante ti antes de que comience a separarse por sus puntos de unión. El Heraldo esboza una amplia y retorcida sonrisa mientras observa este fenómeno. Pierdes la noción de la realidad y, justo cuando comienzas a preguntarte qué es real y qué un espejismo, la tierra se abre y te traga por completo.
***
Te despiertas de golpe en una cama desconocida, con sudores fríos. Ahrenia, adormilada, se frota los ojos antes de darse cuenta de que has despertado. Cuando lo hace, te dedica una sonrisa amarga.
Toses y ella te da agua, que bebes con ansia. Tras recomponerte unos instantes, consigues hablar: «¿Qué... ha pasado?»
«El Heraldo utilizó a Bane para conjurar algo... inimaginable. Todo está repleto de monstruos que no había visto u oído nunca. Incluso la capital está llena. Has estado inconsciente varios días».
Gimes. Todo en lo que habías trabajado... ha sido en vano. Puede que Bane ya no esté, pero, si lo que Ahrenia dice es cierto... no hay esperanzas. «Entonces, ¿ahora qué?»
Para tu sorpresa, parece... ¿esperanzada? «Se ha puesto en contacto con nosotros... un dragón. Parecía sumamente inteligente y quería... hablar contigo. Hay un dragón verde enorme que nos espera para guiarnos hasta él. Tenemos que partir cuanto antes».
Sales de la cama y te sorprendes al comprobar que estás bastante bien a pesar de la paliza que recibiste hace apenas un par de días. Coges tu equipo y sales de la gran tienda a la que te habían llevado. Como esperabas, un dragón con escamas de color esmeralda que centellean bajo la luz del sol te saluda con la cabeza cuando te aproximas. Os subís sobre él y, cuando se apresura en dirección a un gran volcán, os agarráis con todas vuestras fuerzas.
Tras unos minutos de vuelo, lentamente, dejas de aferrarte con tanta firmeza al dragón. Ahrenia está boquiabierta, contemplando la belleza... y el terror... del mundo que os rodea. Entre unas nubes con aspecto de algodón, entrevés el mundo cambiado. Es demasiado complicado discernir detalles nítidos, pero el paisaje está repleto de cicatrices grandes y caóticas. Hay fisuras gigantes que salen del campo de batalla, con patrones extraños y únicos.
Desmontas, al igual que Ahrenia tras de ti. En las paredes del volcán hay grabados y decoraciones intrincados, con cámaras profundas y sinuosas y grandes montones de oro y otros tesoros por todo el lugar. Por fin, entráis a una sala abierta en la que varios dragones os observan con inquietud. Un dragón negro azabache con tonos rojizos baja la cabeza a tu altura y te mira de frente: «Así que tú eres de quien habla todo el mundo. Es un verdadero honor».
Con un enorme desconcierto ante la situación, miras a Ahrenia, que asiente para darte confianza y hace un gesto al dragón. Cuando estás luchando por intentar articular palabra, la bestia emite un gruñido: «Vaya, y además eres humilde. No hay culpa en aceptar halagos. Aunque comprendo el nivel de agotamiento que tendrás. Por desgracia, no hay tiempo para descansar».
«¿Hay algo que pueda hacer llegados a este punto?»
«Por supuesto. Sabemos lo que ha hecho el Heraldo y tenemos que hallar el modo de detenerlo. Nos hace falta tiempo, y hay que detener a los cuatro dioses y dar con el Heraldo antes de que sea demasiado tarde».
Tienes un millón de preguntas en mente. «¿Los dioses...? Ya los he derrotado. ¿A qué te refieres con que tenemos que detenerlos?»
Todos los presentes te miran, desconcertados. El gran dragón te observa con curiosidad: «No es momento de juegos. En estos instantes, los dioses están obteniendo más poder y refuerzos. Refuerzos suministrados por el Heraldo».
Lentamente, las palabras del dragón calan en ti y la sala comienza a girar sobre sí misma. Cavilas durante un momento mientras exhalas con agitación. Ahrenia te da una palmadita en la espalda, con el rostro delatando su preocupación, pero solo por ti, no por la situación».
«Yo... Yo...», comienzas a atragantarte, intentando comprender la situación. «Has... matado ya a los dioses. ¿Cómo... te llamas?»
El dragón extiende las alas y se incorpora, creando una figura imponente. «Puedes llamarme por el nombre que me dio tu pueblo: Malcs, líder de los dragones».
La cabeza te da vueltas mientras las palabras del dragón resuenan en el aire. Consigues mirar hacia fuera cuando cuatro rayos de luz se lanzan hacia el cielo, cada uno perteneciente a un dios.
Requisitos
- Completa
Evento de Oscuridad inminente una vez.