Buscar
Sin resultados
Conocimiento
Te yergues, jadeante, mirando la túnica arrugada del nigromante caído. Qué extraño es ver al dueño de la vida y la muerte ahora, sin vida, incapaz de resistirse a su propio sueño eterno. Yace lastimoso en el polvo, rodeado de una espantosa filigrana de sus víctimas: tras él hay un altar de hueso adornado con calaveras.
Te percatas de un brillo extraño que emana del altar. Aparece un foco de luz que toma la forma de un orbe dorado brillante. Extiendes la mano con indecisión, sin saber si aceptar su invitación. Antes de que puedas cambiar de opinión, parece agarrarte las manos y tirar de ellas hacia sí. Agarras la esfera y la estancia oscura se inunda de luz brillante.
Por fin has derrotado al nigromante y disipado la maldición del valle de la medianoche. Mientras miras a tu alrededor, ves que la oscuridad iluminada por la luna que lo rodeaba se desvanece. En su lugar hay preciosas montañas bañadas por los dorados rayos de sol. Sabes adónde debes ir.
Tu entorno está en constante cambio. La luz se desvanece en un cielo blanco perfecto. Al poco te encuentras en lo alto de las nubes, en la cima de las Montañas Doradas. Parece que se extienden hasta el infinito y componen una impresionante serie de picos resplandecientes que reflejan la luz del sol. El viento sopla en los riscos y, a lo lejos, se ve la silueta negra y dentada de la Torre del Milenio. Tu destino final está a la vista, pero no puedes creer que estés tan cerca.
No hay tiempo para celebrar. Un sonido chirriante no muy lejano ahoga tu triunfo. Echas mano a la espada. Hay algo cerca y, por cómo suena, tiene unas alas enormes. De pronto, por el rabillo del ojo, ves una mancha. Te giras y delante de ti hay una nube de criaturas aladas, huesudas y con extremidades larguísimas. Se dividen y se lanzan en picado en direcciones opuestas mientras desenvainas la espada.
La primera arpía se abalanza y sus colosales garras te desgarran al momento. Te tambaleas y caes al suelo, pero consigues asestarla una estocada tremenda. Emite un aullido de queja y entonces una segunda arpía te levanta del suelo y te eleva por los aires. Hundes tu espada en su blando vientre, haciendo que se precipite hacia el suelo. Ruedas para alejarte y, sin solución de continuidad, caes en las garras de otra criatura, a la que tiras al suelo, formando un montón de polvo y plumas.
De nuevo en pie, das cuchilladas salvajes a la arpía, y luego a otra. Están empezando a retroceder, cansadas de que el almuerzo se resista tanto. Con un grito amargo, se retiran hacia la bruma, en busca de una presa más obediente.
Con arañazos leves y bastante inquietud, sigues avanzando en tu camino hacia la torre. La altitud comienza a caer en picado y las nubes se tornan oscuras a medida que te aproximas. La torre, que otrora fue una miniatura en el horizonte, crece y se oscurece, envolviendo el mundo que te rodea y drenando la calidez dorada de las montañas, que queda reemplazada con una densa bruma. Tu estado de ánimo es igual de lúgubre. Sientes que la confianza te está abandonando, como si nada fuera a mejorar nunca. La torre está jugando contigo y sientes que tu orientación se debilita a medida que los bucles de bruma te rodean.
Justo cuando sientes que tus pies suplican que vuelvas atrás, una puerta de hierro colosal emerge de entre la bruma ante ti. Sientes frío y confusión. Cuando te acercas, ves cadáveres... por todas partes. Los esqueletos destrozados de otros aventureros que vinieron antes. Tienes náuseas. Eran igual que tú: eligieron un camino peligroso y pagaron el precio. ¿Qué objetivos nobles tenían? Se enfrentaron a los mismos riesgos que tú, aprendieron lo que tú has aprendido. ¿Cómo puedes contemplar sus cuerpos caídos con algo que no sea desesperanza? Y... un momento. ¿Ese...? ¿Ese cadáver... se ha movido?
Uno de los cadáveres se sacude visiblemente. Una exploradora con la ballesta preparada. Una extremidad se estira y se pone en pie. Con firmeza, otro cuerpo comienza a alzarse: una figura en una especie de armadura mágica teñida de azul oscuro. La destruida armadura con incrustaciones de oro de un caballero caído tras él empieza a recomponerse y el caballero retorcido, también se yergue. Su hoja, dorada y pesada, está cubierta de sangre. Las figuras reanimadas te miran fijamente con sus ojos sin vida.
Bueno, ¿qué supone para un cadáver una muerte más? Saltas hacia delante con habilidad, esquivando sus endebles ataques. Luchan de manera torpe y descoordinada. La exploradora titubea al manipular su arco y se tambalea, como si estuviera ebria. Las manos torcidas y pálidas del mago y su largo báculo solo pueden invocar chispas esporádicas. El caballero da traspiés a ciegas tras su armadura dorada.
Con exasperación, bailas ágilmente entre ellos, rompes el arco de la exploradora contra una piedra, esquivas los débiles ataques del mago y sacas la espada del caballero de su funda. Se chocan unos contra otros cuando están cuerpo a cuerpo.
Cuando los has derrotado, observas el botín de la batalla: la ballesta de la exploradora, mezcla de madera oscura y metal rojizo, parece robusta y útil. Es sorprendentemente ligera, pero no tiene munición. Su armadura está hecha de una especie de material duro, lleno de esmeraldas. La armadura del caballero parece ser más pesada, lastrada con tiras gruesas de oro sobre un metal de base desconocido de gran fuerza. Va a juego con la enorme hoja de moldura dorada, cuya punta ensangrentada es un presagio de algo sombrío.
El báculo del mago tiene un orbe azul en la punta, rodeado por una esfera dorada que parece protegerlo. La vara está llena de patrones tallados muy intrincados que, sin duda, tienen significado mágico. Al blandir el báculo puedes sentir una sensación de poder inmediata que procede del orbe azul. Cuando lo sostienes, el orbe comienza a brillar levemente.
Tu confianza aumenta. Haces un gesto a los demás cadáveres con el báculo para que no se alcen del suelo y exijan su turno.
"¡Venid a por mí!", gritas, riéndote con intensidad.
Pero la risa se detiene en tu garganta. Oyes un gemido enorme detrás de ti y las puertas comienzan a abrirse. Te giras y ves a un gigante fantástico, tan grande como las propias puertas. Oh, no...
Requisitos
- Completa
Palacio de nigromantes una vez.