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Conocimiento
La luna brilla con fuerza, proyectando un resplandor plateado sobre el valle. Está fijada en la medianoche, aunque, sin duda, te ha llevado una hora o así llegar aquí, a la entrada del palacio en ruinas.
Resulta que esas luces verdes que viste no eran luces, sino almas de los muertos. Miles de ellas, atrapadas en el valle por algún tipo de magia asombrosa. Cuando entras al palacio, algunas flotan perezosamente hacia ti, deseosas de drenar la vida de tu cuerpo.
Trepas a un muro en ruinas, fuera del alcance de los espíritus, aunque eso no evita que se aglomeren a tu alrededor, alzando sus manos fantasmales con una desesperación hambrienta. "Lo siento", piensas. «¡Hoy no hay cena!"
Te mueves rápido y en silencio por lo alto del muro, intentando llegar a la estructura de piedra circular que hay en el centro de las ruinas del palacio. Es la parte menos deteriorada del edificio; incluso conserva el esqueleto de hierro de lo que habría sido una especie de cúpula de cristal gigantesca. Te balanceas hacia arriba con elegancia y te dejas caer por los soportes hasta el suelo.
Dentro, las ruinas están en silencio. La luna, siempre presente, brilla a través del techo en ruinas, proyectando sombras largas y oscuras por el suelo. Te mueves con cuidado hacia el centro de la estancia, donde atisbas una especie de roca sobre un estrado de piedra. Cualquiera creería que había caído del cielo directamente... A diferencia del resto de la decoración, es dura y uniforme, como si acabase de bajar rodando por una de las montañas y se hubiera detenido aquí. Sin embargo, a medida que te acercas, te percatas de algo interesante: lo que te había parecido una abolladura extraña en la parte delantera de la roca es un nicho tallado deliberadamente y, lo que es más, la forma te resulta sorprendentemente familiar.
Metes la mano en la mochila y tanteas buscando los filos ásperos de una de tus piedras de invocación antes de sacarla. Con cuidado, la insertas en el nicho y retrocedes. La piedra comienza a bambolearse y después empieza a brillar cada vez más hasta que te obliga a girar la cabeza. El suelo sobre el que estás tiembla y se oye un intenso chirrido de piedra contra piedra. La luz se atenúa y, cuando vuelves a mirar, el estrado se ha desplazado hacia detrás y ha dejado expuesta una escalera de caracol que desciende bajo tierra. Respiras hondo. ¿Será esa la guarida de los nigromantes?
Coges la piedra de invocación y bajas por las escaleras mientras te mantienes alerta por si hay monstruos ocultos. Ya has tenido suficientes sorpresas en este viaje.
Sales a una cámara oscura y pequeña que está iluminada por una pocas velas encantadas. Cuando tu vista se acostumbra a la oscuridad, disciernes las leves sombras de cuatro figuras altas vestidas con túnicas. Cada una de ellas sostiene un pesado tomo de piedra, y tú suspiras con alivio cuando te das cuenta de que solo son estatuas. Por ahora, parece que no tienes compañía aquí abajo.
Coges una vela que gotea de la pared y examinas las estatuas. Están talladas con todo lujo de detalle y son únicas de una forma extraordinaria. Deben de haberse basado en modelos de nigromantes reales del pasado. Cada estatua tiene la boca levemente abierta, como si estuviera leyendo del libro que tiene en las manos. Al inspeccionarlas más a fondo, descifras líneas de escritura talladas en cada tomo. Son cuatro palabras:
"¡Dinok… Faas… Suleyk… Loost!"
En cuanto completas el encantamiento, se apagan todas las velas de la estancia y te sumerges en una oscuridad casi absoluta. La única fuente de luz es un tenue brillo que hay cerca de tus pies. Miras abajo e intentas comprender lo que ves: una especie de símbolo místico está esculpido en el suelo de piedra y, mientras lo observas, comienza a resplandecer ominosamente.
Oyes susurros en tu mente. Son ininteligibles, pero cada vez más insistentes. Intentas averiguar lo que dicen, pero no lo entiendes.
Casi te mueres del susto cuando sientes la fría y huesuda mano en el hombro. Un estertor sombrío te pone los pelos de punta.
"Me has invocado...", sisea la cosa que tienes detrás. "¿Por qué me has despertado?"
Te giras con la mano sobre la empuñadura de tu espada.
"¿Quién eres?", gritas. Una figura con túnica emerge de entre las sombras. Su rostro es una calavera lúgubre con dos puntos de luz verde en lugar de ojos.
"Soy Fiozor, el último nigromante, sellado entre estos muros para evitar que la calamidad que le ocurrió a mi pueblo vuelva a tener lugar. Ahora, tú que me has invocado..., ¡habla! ¿Cómo has llegado aquí y qué quieres de mí?"
Le explicas todo: la bruma oscura, Bane, tu misión para encontrar al Heraldo antes de que ataque de nuevo... El nigromante te observa inexpresivo.
"Me dijeron que una maldición terrible te había apresado y que disiparla revelará el camino al Heraldo", concluyes.
"Así es, estoy maldito", manifiesta el nigromante, "Y, por lo que parece, tú también. Está tierra está envuelta en oscuridad en un intento de evitar que los intrusos descubrieran el arte de la invocación y la usaran para sus propios fines".
El nigromante te da la espalda.
"Sin embargo, parece que parte de ese conocimiento escapó. Solo el hecho de que estés aquí, delante de mí, implica que conoces la magia de la invocación... Por eso debo destruirte, antes de que sea demasiado tarde".
"Pero ¿por qué?", exclamas. "¿No me has oído? ¡Hay que detener al Heraldo!"
El nigromante niega con la cabeza.
"Hay magias que son demasiado peligrosas como para sobrevivir. Mi gente fue ingenua. Cuando descubrimos la invocación, nos pareció un desperdicio de maná. ¿Por qué conjurar bestias caprichosas cuando puedes comandar legiones de no muertos que cumplan cualquier cosa que se te antoje?"
"Así que vendimos nuestro conocimiento al mejor postor, una nación con vastas reservas de maná que comenzó a invocar espíritus para cualquier tarea banal. Al principio era algo inocente, pero se volvieron avariciosos. Pronto estaban invocando a ejércitos enteros y devastando las tierras que los rodeaban".
"Pero la peor calamidad aún no había llegado. Estas gentes no prestaron atención a los deseos y necesidades de los espíritus. Solo querían controlar. Se lo advertimos, pero..."
El nigromante señala las ruinas que os rodean.
"Les dio igual. Su apatía fue su perdición. Los espíritus a los que habían atormentado en beneficio propio se disgustaron y un día se rebelaron contra sus invocadores. La ciudad que has atravesado es lo que queda de su gran civilización..., y estas solitarias ruinas son lo que queda de la mía. ¿Lo entiendes?"
Dudas. ¿Puede la invocación provocar esa destrucción de verdad? El nigromante no espera a tu respuesta.
"Todo el conocimiento de la invocación debe destruirse para que la historia no se repita. Bien, ¿aceptas tu destino?"
Piensas en la Ciudad Afligida, vacía. En las ruinas inhóspitas del palacio de los nigromantes. En el páramo infinito de las Regiones Exteriores y en las criaturas sombrías que habitan estas tierras. No puedes permitir que le pase eso a Melvor... y por eso tienes que luchar.
Alzas tu espada y adoptas una postura de combate. El nigromante suspira.
"Como quieras", dice, mientras comienza a cargar un orbe mágico brillante. "Prepárate para morir..."
Requisitos
- Completa
Bosque maldito una vez.