Buscar
Sin resultados
Conocimiento
Cuando por fin sale el sol, has dejado la Ciudad Afligida y a sus monstruosas sombras atrás. El camino que tienes delante está lleno de restos de aquellos que no tuvieron tanta suerte: ropas, armas y otras posesiones abandonadas hace mucho abarrotan las cunetas del camino. En principio, esperas que simplemente las hayan desechado en pos de una huida más rápida, pero luego te topas con los carros volcados, los cristales rotos y la pintura salpicada de manchas de sangre. Están apilados en medio del camino, la última y fallida defensa contra las sombras merodeadoras. Parece que eres la última persona que sale con vida de la ciudad en mucho tiempo. Revisas tu mochila: sí, los limones que has "tomado prestados" se han convertido en polvo de la noche a la mañana. Al menos el agua que has cogido sigue siendo potable.
De repente, un grito corta el silencio.
"¿Hay alguien? ¡Ayuda!"
El grito procedía del bosque que hay al borde del camino. Corres hacia el sonido, agarrando tu espada. En cuanto cruzas el umbral del bosque, el aire se torna frío. Miras a tu alrededor frenéticamente buscando a la persona que ha gritado.
"¿Hola? ¿Hay alguien aquí?" Gritas, pero no hay respuesta. El denso follaje que te rodea parece silenciar todo el sonido. Ni siquiera oyes a los pájaros. ¿Ha sido de verdad un grito humano? Quizá haya sido producto de tu imaginación.
Te giras hacia el camino, con la intención de proseguir tu viaje..., pero ha desaparecido. Lo ha reemplazado un muro de árboles, con lianas antiguas y gruesas entrecruzadas. Oyes un crujido detrás de ti y te giras: donde hace unos segundos no había nada más que un bosque frondoso, ahora hay un minúsculo camino muy trillado que te adentra más en la espesura.
Más magia. Suspiras, te ajustas la mochila sobre los hombros y sigues la senda.
Pasan horas. El bosque presenta trucos en cada curva: plantas que parecen inofensivas intentan agarrarte los tobillos cuando las pisas, troncos de árbol que desaparecen cuando intentas sentarte encima para descansar... Cada cosa alberga un secreto nuevo y más malvado. El camino que parecía cómodo pronto se vuelve un terreno difícil y luego, de nuevo, el suelo normal de tierra del bosque. Ahora, el camino está cubierto de zarzas densas y altas. El sitio por el que venías ha sido reemplazado por árboles que están tan juntos que no podrías colar ni una hoja de papel entre ellos. Sin duda, no tienes escapatoria.
Ponderas tus opciones: podrías abrirte paso cortando todo con tu hacha, pero de todos modos no sabes adónde tienes que ir. No hay señales de ayuda que recen: «¡Hacia los nigromantes!" y, aunque las hubiera, seguramente sería otro truco del bosque.
Tu primer paso es orientarte. Las frondosas copas de los árboles que tienes encima hacen que sea imposible ver la posición del sol, así que tendrás que trepar por ellos para poder decidir una dirección. Aseguras la mochila, te diriges a un árbol que parece especialmente robusto y trepas... y trepas...
Este árbol parecía mucho más bajo desde el suelo..., ¡pero no piensas mirar abajo para comprobarlo! Aprietas los dientes y trepas más. Las ramas empiezan a escasear ya. No puede quedar mucho para la copa.
Por fin, sacas la cabeza por encima de las hojas y respiras el aire fresco de la noche. Debes de haber estado más tiempo de lo que pensabas en el bosque. Por debajo de ti, las copas de los árboles se extienden hasta donde te alcanza la vista en todas direcciones, como una gigantesca sábana verde. Ni siquiera ves el camino por el que venías ni las torres de la Ciudad Afligida. Es como si este lugar fuera un mundo en sí mismo.
Cuando estás a punto de abandonar y bajar, te percatas de que aún ves las estrellas y sonríes. Están exactamente donde esperas que estén... Sea cual sea la magia que controla este bosque, no llega hasta el cielo. ¡Todas esas horas estudiando astrología van a servir de algo!
Piensas que el camino en el que estabas fue al este y después al norte, rodeando el bosque. Pasas un momento calculando; ahí está Arachi, Iridan, Vale..., pero luego sientes un cosquilleo en la nuca, como si algo estuviera reclamando tu atención. Sospechando que es otro truco del bosque, te giras con dificultad... y ahí, iluminando el cielo que tienes delante, está Qimican, la señal del invocador. Brilla más de lo que la has visto brillar nunca y, de repente, comprendes que marca la senda que debes tomar.
Rápidamente, bajas al suelo del bosque. Está totalmente a oscuras y casi oyes las plantas cambiando a tu alrededor, planeando su próximo movimiento. Con un nuevo sentido de propósito, sacas tu espada y comienzas a cortar las zarzas que te rodean, avanzando implacablemente, aunque las espinas te raspen la piel y se te enreden en los brazos y los tobillos. ¡Corta que te corta!
Parece que el bosque haya recibido el mensaje. Una hora más tarde, aproximadamente, ves la luz de la luna asomarse entre los árboles, y después, el brillo de las estrellas. ¡Vas bien! Sigues cortando ramas y pronto te encuentras en la linde del bosque. Te secas el sudor de la frente, sales a trompicones de la espesura y te desplomas sobre el suelo para un merecido descanso.
Ante ti se extiende un valle enorme y de aspecto funesto, iluminado por la luna. Está rodeado de montañas altas y oscuras que parecen bañar todo el valle en la sombra. No puedes discernir ningún detalle, pero parece estar repleto de estructuras de piedra. Quizá sean casas. En las ventanas, hay unas extrañas luces verdes que parpadean. Te acercas lentamente para echar un vistazo, y entonces lo ves.
Al final del valle, bañada por la luz de la luna, aprecias la silueta de una estructura palaciega en ruinas que sobresale de la roca. En la base hay más luces verdes agrupadas que parecen guiarte hacia delante. Esa debe de ser tu próxima parada, el hogar de los nigromantes.
Requisitos
- Completa
Bosque maldito una vez.