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Conocimiento
Ante ti se extiende el lago de lava, en todo su abrasador esplendor. La superficie derretida expulsa burbujas gruesas que estallan y esparcen gotas de líquido en ebullición. Todo el paisaje parece fulminarte con desaprobación. No supone mucha distancia cruzar, y es un trayecto mucho más rápido que rodearlo, pero no ves clara la tarea que te espera. Con este calor es difícil pensar y respirar.
Un camino primitivo de piedras cruza el lago hacia la ribera más lejana. Puedes pasar airosamente por algunas de ellas, pero otras requieren saltos de fe. La clave es dar con el ritmo adecuado. Escuchar el latido de tu corazón, tomarte tu tiempo, esperar al momento exacto para avanzar.
Al otro lado espera una tundra estéril. Durante un rato, no se mueve nada, y vuelves a pensar en Ahrenia. Sientes que te está viendo, como si se hubiera forjado un vínculo que no puede romperse. ¿Qué magia te ha dado para guiarte en este viaje? Ahrenia es la heroína de los héroes, pero quizá ha podido transferirte algo de su talento. ¿Qué poderes increíbles le otorgó el Heraldo, y a qué precio? ¿Qué le concedió... y qué le arrebató?
Un ruido sordo repentino te deja en blanco. Te acercas a la región de las tormentas. Todo aquí está agitado, es un lugar legendario, donde formas opuestas de magia se unen y arden juntas, perturbando el ambiente y estallando en perturbaciones eléctricos salvajes.
En ese instante, un rayo enorme divide el cielo oscurecido. El aire vibra, amenazante. Recuerdas la figura del gran dragón del santuario antiguo, en lo alto de una nube de ira eléctrica, con las alas desplegadas, furioso. Con inquietud, aceleras el paso. Criaturas aladas y extrañas revolotean y se arremolinan en el aire, con un zumbido potencialmente nefasto.
El estruendo se oye aún más. Los rayos de luz gritan a medida que surcan el cielo. Uno de esos rayos parece retorcerse y girarse y, de pronto, vuela hacia ti. Se desliza a izquierda y derecha, zigzagueando entre las nubes de tormenta, y baja hasta que lo ves bien: un insecto esquelético que reluce con electricidad y está iluminado por un brillo nauseabundo.
Sujetas con firmeza tus armas. No servirán contra una criatura así. Rápidamente, invocas un sencillo hechizo inverso de energía; magia en bruto, pero suficiente para desestabilizar a una criatura que usa rayos sin mucha elegancia. El insecto estalla en un rayo de luz y desaparece.
Alzas la mirada. En su lugar, ves un ojo que te observa con interés. Un ojo tan grande como el sol. Parpadea.
El dragón se eleva y tú das un paso atrás, intentando hacerte una idea de su tamaño. Parece más grande que el mismo cielo. De sus costados emana una bruma negra que te resulta repugnantemente familiar.
Al menos, ahora sabes que vas por buen camino. Recuerdas la misma bruma que ahogó a la capital cuando vino Bane. Esos zarcillos agobiantes, oscuros y escalofriantes que te robaban el calor. Es la misma bruma que seguía al Heraldo. Recuerdas que la figura misteriosa de la túnica te advirtió sobre ella: "No permitas que la bruma te atrape". Quizá sea demasiado tarde para eso.
El dragón baja la cabeza de modo que su enorme hocico queda cerca de tu rostro. Desencaja su gigantesca mandíbula y bosteza ampliamente, lo que te envuelve con su aliento apestoso y ardiente. Luego, para tu sorpresa, habla.
"No puedes pasar, viajante".
Su voz está cansada y es antigua, pero no por ello menos amenazadora. Es una voz que sabe que conoce tu tamaño e insignificancia, pero que aun así te aplastará sin pensarlo. Tiene un trabajo que cumplir: su trabajo es la muerte, y esa muerte, por desgracia, resulta ser la tuya.
Te armas de valor. El amuleto que te dio Malcs cuelga de tu cuello en silencio, quieto. No tiene nada que añadir. "Ahrenia, camina conmigo", piensas. "Préstame tu valor".
"No he venido a luchar contigo, dragón. Tengo que ver lo que hay más allá de tu reino".
La enorme bestia deja escapar un suspiro cálido de desprecio.
"Estás en la entrada a las Regiones Exteriores. Nadie puede pasar más allá de este punto". Inclina la gigantesca cabeza hacia ti, con curiosidad: "Desconozco qué te hace pensar que la norma no se aplica a ti".
Te encoges de hombros.
"Supongo que no me van mucho las normas que no parecen servir de nada".
El dragón te mira fijamente con su ojo cristalino. Le mantienes la mirada. Luego, se echa a reír. Del fondo de su enorme vientre emergen risas estridentes y profundas.
"¡Caramba! ¡Sirven para mantenerte con vida, miserable mortal! Y para proteger lo que no debes ver".
El dragón te ataca de repente. Arrastra una garra con vehemencia. Ruedas con facilidad para esquivarla, y el impulso te deja cara a cara con un estallido de magia pura. No es mucho, pero sirve para sobresaltar a la criatura mientras alzas los brazos y formas un sello protector. Lo has calculado bien, justo cuando el dragón escupe una bola de fuego enorme que te envuelve por completo. Tu protección no durará mucho.
"Ahrenia, siento tu presencia", piensas. "Por favor".
Aguanta.
El dragón crepita y salta al aire, tejiendo un patrón complejo de rayos que abrasa el suelo. Sientes cómo algo que se escapa a tu control brota de tu interior. ¡Ahrenia, ahora!
Una gran ráfaga de energía estalla, contraatacando a la criatura. El rayo se da la vuelta, golpea el cuerpo del dragón e impacta contra él con una sobrecarga de electricidad. El dragón está en llamas, aullando de dolor.
"¡Te detendré!", ruge. "¡Soy Ra'Zu, señor de los cielos! ¡No debes estar en las Regiones Exteriores! Tu presencia... ¡es un error!"
Otra oleada del hechizo te atraviesa, estallando contra el dragón y haciendo que retroceda. Grita y se retuerce. Se estabiliza e inspira. Lo ves venir: una explosión definitiva para lanzarte al infierno. Elevas la cabeza para recibirla. Que cave su propia tumba.
El dragón exhala, expulsando un muro de fuego y rencor tan grande que podría consumir una ciudad.
"¡Ahrenia, sé mi escudo!", gritas. El dragón se enciende. En ese momento, descienden rayos enormes del cielo que atraviesan sus escamas, y el ardiente cuerpo cae fulminado al suelo. La tierra tiembla y resuena donde cae. Sin que puedas evitarlo, tu cuerpo sale despedido por entre los escombros y dejas de rodar a varios metros de allí. Jadeante, miras al cielo.
Las nubes de tormenta se han despejado. Una luz gris y tenue comienza a penetrar por ellas y revela el camino que tienes delante. Las Regiones Exteriores están más allá. Esta vez no hay marcha atrás.
Requisitos
- Completa
Región de relámpago una vez.