Libro III

Conocimiento

"¡Para!"

La guardiana del santuario tiende una mano enorme cubierta de vegetación. Dejas de cortar la liana que te comprime la pierna a medida que se retira hacia el suelo.

"Has demostrado tener tanto poder como el mejor guerrero. Mereces acceder al santuario antiguo sin obstáculos".

Antes de que puedas darle las gracias, la guardiana se hunde en la tierra, dejando el patio tan inmaculado como lo estaba cuando entraste a él, salvo por unas pocas hojas dispersas. Dejas escapar un suspiro de agotamiento y te giras para volver a entrar al santuario con algo más de cuidado esta vez.

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Avanzas entre raíces retorcidas de árboles que llevan mucho tiempo muertos. Bajo tus pies escuchas sus chasquidos y ves cómo se sumergen en la tierra blanda. Te atraen las tallas uniformes y raras que adornan el pasillo exterior del santuario: hay figuras apenas reconocibles que se arrastran y bailan por la entrada. Sin duda, no son de Vorloran, pero tampoco se parecen a nada más. Es inquietante, pero no del todo desconocido. Te agachas para atravesar la estrecha arcada y entras al santuario.

Delante de ti ves los restos de un enorme salón. Aunque está deteriorado por su exposición a los elementos y muy descuidado, tomas aire y cierras los ojos, intentando sentir algo de su pasado. Puedes percibir su grandeza; este lugar ha visto mucha acción, intriga, adoración, magia y destrucción. Hay mucho que explorar.

En las paredes hay grabados enormes de más figuras extrañas. Algunas aparecen en acto de adoración, otras te observan con ojos inexpresivos. Das un traspié y miras a los escombros, donde ves una reliquia medio enterrada, pero no has venido en busca de tesoros.

Sigues adentrándote. Hay espejos fragmentados decorando las paredes y el suelo está lleno de cristales rotos. En el muro más lejano, una mesa larga, quizá un altar, está partida por la mitad, y cada una de las partes ha sido reclamada por la hiedra, como si se hubiera roto en una disputa olvidada hace mucho.

Vuelves la mirada a las figuras que hay encima: una figura enorme gobierna el lugar donde en su día se erguía el altar. Lo examinas más de cerca: ¿es posible? No, seguro que no...

Te acercas. Una figura grande y poderosa, con una postura intimidatoria y una mirada imponente, pero no solo eso.

Sus ojos son dos gemas moradas.

Miras al resto de esculturas. Figuras más pequeñas, adoradoras... ¿Son el pueblo de los dioses? ¿Es este su santuario?

Todo cobra sentido: la sensación de gran poder que emanaba del lugar. ¿Usaban este poder, era esta su fuente? ¿O le otorgaron su poder y eran sus fieles los que lo controlaban para alterar el mundo según sus propios designios? ¿Qué les ocurrió?

Al oeste del salón hay una alcoba casi oculta. Respiras hondo y te cuelas por un hueco entre los muros en ruinas. Irrumpes y te tropiezas con un marco enorme. Tras apoyarlo contra un pilar de piedra, le quitas el polvo y lo compones mientras lo examinas.

Parece representar el propio santuario. No con el exuberante color verde de su estado actual, descuidado, sino con manchas de rojo sangre y gris acerado: una batalla. O, quizás, la batalla ya se había ganado y este es el momento posterior. Hay cuerpos por todas partes, algunos llorando y corriendo. La mayoría de ellos desplomados y sin vida. Te alejas del horror visceral que supone la escena, tropezándote con reliquias y haciendo que un cáliz oxidado ruede por el suelo. Vuelves a atravesar el hueco y entras tambaleándote en el salón principal. Con mareos, alzas la mirada hacia el muro este. De repente, lo ves entero.

Ya solo el tamaño de la talla implicaba que su significado te eludió cuando entraste por primera vez, pero ahora lo ves al completo: unas enormes alas desplegadas llegan a los extremos del salón, enmarcando unas garras terroríficas y una cabeza gigante y malévola llena de dientes. Es un dragón inmenso. Hay trazos de rayos representados como grandes barras eléctricas y a lo lejos se ve una torre.

No es una torre cualquiera: es la Torre del Milenio. Quizá esta escultura sea una pista de su ubicación. Das un paso atrás y examinas los muros más lejanos del santuario. Comienza a tomar forma una imagen más amplia: la torre parece estar protegida por el gran dragón, que reside en un lugar asolado por tormentas. Has oído hablar de un lugar así antes, una región entera asediada por los rayos. Las historias hablaban de una gran bestia que protegía los reinos que había más allá.

Ante el dragón ves un lago rojo sangre. Las manchas primitivas parecen sugerir un calor descomunal. Es de sobra conocido, y advertido, que hay una gran corriente de lava que baja de las montañas del oeste de Melvor que luego se deposita en lagos de fuego. Quizá la tundra que hay más allá conduzca a la tierra de las tormentas.

Te giras para salir del santuario, con un nuevo propósito. Antes de hacerlo, miras hacia atrás, a la figura que hay encima del altar: sus ojos morados parecen brillar.

Requisitos

  • Completa Santuario antiguo una vez.