Libro II

Conocimiento

Partes por la mañana temprano, sin despedirte de la familia que te hospeda. Confías en que se ocupen de Ahrenia hasta que despierte..., si es que despierta.

La selva es tan calurosa y letal como Ahrenia te dijo que sería. Está en silencio absoluto. Ni los pájaros cantan, ni los monos conversan. No ves ni un mosquito. Mientras te abres paso con el machete por las gruesas lianas, sientes un cosquilleo extraño en la nuca, como si algo te vigilase. Algo malvado y hambriento.

Sin embargo, atraviesas el denso follaje sin impedimentos. Parece que el poder de Ahrenia sí ha funcionado al fin y al cabo.

Tras muchas horas, ves que tu camino está bloqueado por un muro alto de arenisca. Este debe de ser el laberinto. Alzas la mano con la intención de trepar por las lianas que crecen por el muro, pero en el momento en que entra en contacto con la piedra sientes algo raro, como si el muro no estuviera ahí. Con cuidado, empujas y atraviesas el muro para luego caer sobre un suelo de piedra cuidadosamente alicatado.

Te pones en pie y miras a tu alrededor. Sin duda, estás en un laberinto, en una especie de zona de descanso. Un esqueleto de aspecto macabro que hay en un rincón cuenta la historia de la última alma desgraciada que entró aquí. Esperas que tu preparación sirva de más.

Ante ti ves un grabado en la piedra. Sorprendentemente, parece una especie de mapa. ¿Será una ventaja especial para la persona elegida?

Esta talla muestra una vista de pájaro del laberinto, con un edificio grande y cuadrado en el centro. Ese debe de ser el santuario. Suponiendo que la parte superior marca el norte, desplazas el dedo por el lateral para intentar marcar la zona por la que has entrado. A medida que lo haces, te das cuenta de que el laberinto está lleno de caminos sin salida o que vuelven sobre sí mismos e, incluso, de pasajes ocultos. Vaya, eso va a ser un problema.

En su lugar, te centras en las cuatro figuras que aparecen distribuidas al azar por el mapa. Tienen formas y tamaños distintos, pero sus colores te llaman la atención al instante: plata, azul, verde y rojo. ¡Los colores de los dioses!

Se oye un croar alto y vivo que te aparta del mapa del susto. Procedía de la esquina: ¡ese debe de ser el primer monstruo! Revisas tus armas y emprendes la marcha hacia él, echando un último vistazo al desgraciado esqueleto mientras pasas de largo. Si no quieres acabar así, más vale que avances...

Tras tantas semanas en un escondite para ocultarte de los secuaces del Heraldo, el subidón de la batalla supone un descanso sorprendentemente bien recibido. Te encargas del primer monstruo, un gran sapo achaparrado, con facilidad, usando una ráfaga bien calculada de golpes de agua. El segundo, una especie de lagarto volador, es un poco más duro, hasta que te percatas de que puedes usar el arco y las flechas para que deje de volar. El tercero es monstruoso: una planta del tamaño de una casa que no deja de intentar convertirte en fertilizante.

El cuarto monstruo es el más duro de todos. Es una serpiente gigante que se enreda por los pasillos del laberinto con veneno goteando de sus monstruosos colmillos. Tienes que andar con cuidado por donde pisas mientras luchas para esquivar continuamente sus golpes y hacer que se canse antes de acercarte para contraatacar. Por fin, cae.

Con tal agotamiento, consigues llegar al punto de descanso más cercano. Una senda colorida y brillante apareció en el mapa tras la muerte de cada monstruo, y esta vez debería ocurrir lo mismo. ¡Ahí! Un río de tinta dorada emerge y, como por arte de magia, dibuja un rastro hacia el santuario antiguo. ¡Lo has conseguido!

Te apresuras por el laberinto, sin tiempo que perder. Derecha, izquierda, derecha de nuevo, por encima de un muro en ruinas, a través de un túnel, y otra vez a la izquierda... ¡Ahí está! Ante ti se yergue un edificio de piedra humilde y modesto. Sobre la entrada brillan cinco gemas enormes, una por cada monstruo vencido.

Con un suspiro de alivio, caminas hasta la puerta del santuario. Pronto tendrás las pruebas que necesitas para encontrar al Heraldo y comenzar una nueva aventura.

Tu imaginación te atrapa tanto que no te percatas de la liana que se ha enredado en tu pierna hasta que tira, bruscamente, y te eleva en el aire. Gritas de sorpresa conforme el mundo se pone del revés.

La liana se rompe con un chasquido y te lanza contra el muro del santuario de un golpe. Te pones de pie agarrándote la cabeza y ves una figura humanoide gigantesca que brota del suelo. Su pelo es una corona de cuernos rojos brillantes que le bajan por la espalda. Las piernas le terminan en raíces enormes y tiene el cuerpo cubierto de lianas retorcidas tan gruesas como tu pecho.

"¡Campeón!", la guardiana del santuario te dice, con una voz que hace temblar los muros que te rodean, "Soy Morellia, guardiana del santuario. ¡Nadie puede entrar!".

"¡Soy la persona elegida!", respondes, intentando mantenerte en pie. "¡Por Ahrenia!".

Morellia se detiene mientras las lianas se mueven en el aire lentamente.

"En ese caso, debes demostrar que lo mereces. ¿Puedes pelear?"

Te observas: hasta arriba de espinas venenosas y pedazos de materia vegetal, con la armadura hecha pedazos... Por no hablar de tus botas, cubiertas de los restos viscerales de la serpiente gigante. Aunque no es que tengas otra opción.

"Claro que puedo", gritas. "¡Vamos allá!"

Requisitos

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